En la primera publicación del blog, titulada igual que uno de los artículos que contiene, voy a citar artículos que mencionan algunos errores que, o bien por la relevancia de lo que se dice en el texto, o bien por lo graciosa que resulta la variación entre lo que se quería escribir y lo finalmente escrito, me ha parecido adecuado incluirlos. La intención no es más que la de resaltar la importancia de la corrección de cualquier tipo de texto para evitar malentendidos (o incluso que uno se ruborice al ver lo que ha escrito).
En el artículo de Álvaro Anguita «Los errores más divertidos del periodismo» (https://abcblogs.abc.es/alvaro-anguita/otros-temas/los-errores-mas-divertidos-del-periodismo.html), de la sección «Blogs» del diario ABC, aparecen fallos que te harán reír a carcajadas. No lo muestro aquí al completo porque el artículo es muy extenso al incluir imágenes de los periódicos en los que aparecen los errores, pero te recomiendo leerlo si quieres pasar un rato divertido.

…Gracias por la estadística.

…La gorra durmió en el calabozo y ha pasado a disposición textil.

…Un periodista español poco imparcial.

…Pruebas las playas, resucitas… Vaya, el día a día de un diputado.

…Para revolverse en la tumba.

…Como la peli de James Bond: ‘Muere otro día’.

Y esta, sin duda, se lleva la palma… Más que nada, porque no parece un error.
En la revista Muy Interesante, se publicó un artículo titulado «Puntos y comas», de Eugenio M. Fernández Aguilar, que narra una anécdota curiosa:
Se cuenta del emperador Carlos V que un día se le pasó a la firma la sentencia de un condenado en la que se leía lo siguiente: «Perdón imposible, que cumpla la condena». Parece ser que, tras unos segundos de vacilación, el monarca decidió cambiar la coma de sitio y firmó lo que finalmente quedó así: «Perdón, imposible que cumpla la condena». La anécdota, real o imaginaria, demuestra la magnanimidad caprichosa de los poderosos y la importancia de los signos de puntuación. En su último libro, titulado precisamente Perdón imposible, el lingüista José Antonio Millán reivindica el correcto uso de puntos, comas, paréntesis, interrogaciones y exclamaciones, y alerta sobre su capacidad para provocar malentendidos y equívocos.
Carlos Espinosa Domínguez, en el artículo «Esa carie de los renglones llamada errata» de la revista Cuba Encuentro, muestra tanto errores en libros de autores célebres como los cometidos en la publicación de una web «real», e incluso revela que un fallo fue el causante del cambio de nombre de un grupo editorial (de este último, no se sabe a ciencia cierta si es leyenda o realidad):
Ni siquiera la familia real española ha logrado librarse de la molesta intromisión de las erratas. El primer día de funcionamiento de la renovada página web de la Casa del Rey (www.casareal.es) fue detectado un error en el enlace de la Corona. A partir del mismo, quienes navegan por la red pueden acceder al árbol genealógico de la familia. Justo ahí, en el lugar en que debía aparecer Fernando VII como rey de España, se encontraba el nombre de un monarca inexistente, Felipe VII. Eso obligó a que durante unas horas la página web estuviera fuera de servicio y «en mantenimiento», para dar tiempo a los técnicos a corregir el error informático.
Pero vuelvo a la literatura, que es en definitiva el campo que aquí nos ocupa. En muchas ocasiones esa grave epidemia que es la errata se ensaña con los títulos. La primera edición de la novela La feria de los discretos, de Pío Baroja, apareció como La feria de los desiertos. Una Breve historia del ultraísmo argentino salió al mercado como Breve historia del altruismo argentino. Incluso una obra tan conocida como La dama de las camelias, de Dumas, llegó a editarse como La dama de las camellas. Y, aunque confieso que es primera vez que lo leo, cito lo que escribió el periodista español Carlos Scanavino en el diario El País: «No muchos saben que el nombre de una de las más famosas y populares editoriales del mundo con sede en México debe su nombre a una errata. El Fondo de Cultura Económica debería haberse llamado Fondo de Cultura Ecuménica».
Y qué decir de las barbaridades que las erratas hacen decir a los autores. Un error del linotipista hizo que en uno de sus poemas Ramón de Garciasol expresara: «Y Mariuca se duerme y yo me voy de putillas», cuando era «de puntillas». En la primera edición de Arroz y tartana, Vicente Blasco Ibáñez expresaba: «Aquella mañana, doña Manuela se levantó con el coño fruncido», algo que las lectoras pueden dar fe de que resulta físicamente imposible (como resulta fácil deducir, doña Manuela se levantó con el ceño fruncido). Y cuando murió el citado novelista español, un periódico dedicó una crónica al traslado de sus restos mortales a su Valencia natal y apuntó que «el féretro de nuestro escritor universal iba cubierto por una Señora». Más allá de que es probable que el autor de La barraca fuera muy mujeriego, lo que cubría su ataúd era una Señera, es decir, una bandera valenciana.
Deseo que te haya gustado mi primera publicación del blog y espero seguir sorprendiéndote en las siguientes. ¡Hasta pronto!